El 1 de septiembre de 1730, entre las nueve y las diez de la noche, la tierra se abrió cerca del pueblo de Timanfaya. No volvió a cerrarse hasta seis años después. Fue una de las mayores erupciones de la historia documentada del planeta: una treintena de volcanes nuevos, ríos de lava que sepultaron una decena de pueblos y cubrieron la cuarta parte de la isla. Lo sabemos casi día a día gracias al párroco de Yaiza, que lo escribió todo en un diario que hoy citan los vulcanólogos del mundo entero. En 1824 el fuego regresó tres meses, más breve — y desde entonces, silencio. Esta es la historia del acontecimiento que fabricó la Lanzarote que estás pisando.
Pocas islas del mundo pueden fechar su propio renacimiento con esta precisión: la Lanzarote que hoy conoces empezó la noche del 1 de septiembre de 1730. Aquella noche, cuenta el párroco de Yaiza, Andrés Lorenzo Curbelo, "la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya" y "una enorme montaña se levantó del seno de la tierra". Su diario — el testimonio de un hombre que vio nacer volcanes desde la ventana de su iglesia — es hoy un documento citado por vulcanólogos de todo el mundo, porque muy pocas erupciones de esta escala tienen cronista.
Lo que siguió supera cualquier película. Durante seis años — 2.053 días, hasta la primavera de 1736 — la tierra no dejó de trabajar: las bocas eruptivas se encendían, se apagaban y volvían a abrirse kilómetros más allá, hasta sumar una treintena de conos nuevos alineados sobre una fractura de más de diez kilómetros. Los ríos de lava avanzaron en todas direcciones: sepultaron una decena de pueblos y aldeas — Timanfaya, Tingafa, Mancha Blanca, Santa Catalina, Peña de Palmas y más —, arrasaron las mejores tierras de cultivo de la isla y llegaron al mar en varios frentes, donde el agua hervía y los peces muertos flotaban a millares. Las cenizas oscurecían el cielo y llovían sobre toda la isla; el estruendo, cuentan las crónicas, se oía en las islas vecinas.
Milagrosamente, la lava no mató de forma directa: avanzaba lo bastante despacio para huir de ella. El enemigo fue el hambre. Con los campos enterrados y el aire cargado de ceniza, buena parte de la población tuvo que emigrar a Gran Canaria, Tenerife o Fuerteventura. Los que se quedaron vivieron seis años con el equipaje preparado. Cuando el volcán calló por fin, en abril de 1736, la cuarta parte de Lanzarote — unos doscientos kilómetros cuadrados — era territorio recién estrenado: lava y ceniza donde antes hubo trigo, viñas y campanarios.
Y entonces ocurrió el giro de guion: la catástrofe se convirtió en herencia. Los campesinos descubrieron que la ceniza volcánica atrapaba el rocío nocturno, e inventaron sobre ella una agricultura nueva — La Geria, los enarenados — que dio a la isla sus vinos y su paisaje más icónico. Casi un siglo después, en 1824, el subsuelo dio su último aviso: tres erupciones breves — Tao, Nuevo del Fuego y Tinguatón — en apenas tres meses, mucho más pequeñas, como el eco final de la gran función.
Desde entonces, dos siglos de calma vigilada. Las Montañas del Fuego que hoy fotografías son exactamente eso: el escenario de aquellos 2.053 días, conservado casi intacto por la falta de lluvia. No estás mirando un paisaje — estás mirando un acontecimiento.
