Antes de vivir de las maletas, Lanzarote vivió de los barcos que zarpaban cargados. Su historia exportadora es una novela por capítulos: la orchilla — un liquen que teñía de púrpura los ropajes de Europa —, la barrilla para las fábricas de jabón, la cochinilla que coloreaba medio continente, la sal que conservaba el pescado de la flota, y las cebollas y batatas que cruzaban el Atlántico hacia Cuba. Hoy la lista es más pequeña pero con más brillo: vinos de Malvasía Volcánica premiados internacionalmente, aloe vera, flor de sal de Janubio, quesos artesanos. Y la exportación invisible, que no cabe en contenedores: el modelo Lanzarote — cómo cuidar un territorio y vivir de él —, estudiado en medio mundo.
Si los muelles de Arrecife hablaran, contarían la historia económica de la isla en forma de cargamentos. Cada época embarcó lo suyo — y la lista es más sorprendente de lo que parece.
Los capítulos antiguos son de tintes y cenizas. La orchilla, un liquen que crece en los acantilados marinos, fue el primer tesoro exportable: de él se extraía un tinte púrpura carísimo que ya recolectaban los majos y que las potencias europeas se disputaron durante siglos — hubo hasta "orchilleros" profesionales descolgándose por los riscos. Después llegó la barrilla: plantas costeras que, quemadas, producían sosa para las jabonerías y vidrierías europeas — a comienzos del siglo XIX, la isla vivió una auténtica fiebre de la barrilla. La siguió el capítulo más glamuroso, la cochinilla (card 30), el insecto del carmín que vistió de rojo a la Europa del XIX y levantó las casonas de Guatiza y Mala. Y siempre, de fondo, la sal de Janubio (card 28) — el conservante estratégico de la flota pesquera canario-africana — y el pescado salado que alimentó generaciones.
El siglo XX exportó — además — algo más doloroso: gente. Las sequías y crisis empujaron a miles de lanzaroteños a Cuba, Venezuela, Uruguay; los barcos que llevaban cebollas y batatas del jable a América llevaban también emigrantes, y las remesas y retornos de "los indianos" son parte del ADN insular (card 50). La cebolla lanzaroteña fue, durante décadas, un clásico de los mercados cubanos: pocas islas pueden decir que su huerta cruzaba el Atlántico.
¿Y hoy? El turismo lo domina casi todo — es, de largo, el gran "producto exterior" de la isla, aunque se consuma in situ —, pero el catálogo físico de exportación tiene más calidad que nunca. Los vinos de la D.O. Lanzarote, con la Malvasía Volcánica al frente, ganan medallas en los concursos internacionales y viajan a cartas de restaurantes de medio mundo — el vino nacido en hoyos de ceniza es, además, un embajador irresistible de la imagen de la isla. El aloe vera (card 58) sale en forma de cosmética con sello canario. La sal marina y la flor de sal de Janubio están en las despensas de la alta cocina española. Los quesos artesanos suman premios; el gofio, las papas y los productos del jable abastecen el mercado canario; y la pesca artesanal sigue saliendo al mercado regional.
Queda la exportación que no pesa: el conocimiento. El "modelo Lanzarote" — arte + territorio + límites al crecimiento, la fórmula Manrique-Biosfera — se estudia en universidades y foros de turismo de todo el mundo; la isla exporta consultoría involuntaria cada vez que alguien viene a entender cómo se hace. Y la desalación (card 31), donde fue pionera de Europa, la convirtió en referencia técnica mundial.
Del púrpura de un liquen al vino de un volcán: la isla siempre exportó lo mismo, en el fondo — maneras ingeniosas de convertir la escasez en valor. Es su producto estrella desde hace quinientos años.
