Lanzarote es lo que ocurre cuando a la naturaleza se le dan fuego, viento y tiempo, y casi nada más. Con apenas lluvia y sin un solo río permanente, la isla ha convertido la escasez en su mayor espectáculo. En 1993, la UNESCO declaró la isla entera Reserva de la Biosfera, reconociendo algo que el visitante siente a los pocos minutos de llegar: aquí la gente aprendió a vivir con la tierra, y no contra ella.
La paleta de la isla no se parece a ninguna otra de Europa. Unos trescientos conos volcánicos se alzan sobre llanuras de ceniza negra y cobriza. Al norte, los acantilados de Famara caen en picado hacia el océano desde casi seiscientos metros de altura, envueltos en la bruma de los alisios que alimenta plantas diminutas que no crecen en ningún otro lugar de la Tierra. Al sur, las salinas de Janubio se extienden en cuadrículas de un blanco reluciente, cosechadas todavía a mano, como se ha hecho durante generaciones.
Quizá el paisaje más conmovedor sea La Geria, la tierra de los viñedos. Cuando las grandes erupciones de la década de 1730 sepultaron algunas de las mejores tierras de cultivo de Lanzarote, los campesinos se negaron a marcharse. Excavaron miles de hoyos en forma de embudo en la grava volcánica, plantaron una sola vid en el fondo de cada uno y la protegieron con un pequeño muro semicircular de piedra. El resultado es uno de los paisajes agrícolas más extraordinarios del mundo, y un vino blanco de Malvasía que sabe al propio volcán.
Aquí la naturaleza premia la atención pausada. El valle de Haría, al norte, cobija miles de palmeras canarias, una sorpresa verde en una isla de ceniza. En El Golfo, un cráter volcánico medio hundido guarda una laguna de un verde casi irreal, separada del azul del Atlántico por una playa de arena negra. Y cuando cae la noche, los cielos limpios y secos de Lanzarote, protegidos de la contaminación lumínica, se llenan de más estrellas de las que la mayoría de los visitantes ha visto jamás.
La gran lección de la isla es la contención. Las casas se mantienen bajas y blancas. Las carreteras rodean los volcanes en lugar de atravesarlos. Tramos enteros de costa siguen siendo salvajes. Lanzarote demuestra que una isla pequeña, tratada con respeto, puede parecer inmensa.
