Durante seis años, en la década de 1730, Lanzarote vivió dentro de una erupción volcánica. A partir de 1730, la tierra se abrió una y otra vez en el oeste de la isla, y ríos de lava fueron sepultando lentamente pueblos, campos de cultivo y todo lo que encontraban a su paso. Un sacerdote local, Andrés Lorenzo Curbelo, dejó por escrito lo que vio: montañas que se alzaban donde antes había llanuras, cielos nocturnos teñidos de rojo, el mar hirviendo allí donde la lava tocaba el agua. Cuando las erupciones cesaron por fin en 1736, aproximadamente una cuarta parte de la isla yacía bajo una nueva piel de lava y ceniza.
Lo que fue una catástrofe para los campesinos del siglo XVIII es hoy uno de los paisajes más extraordinarios del planeta. El Parque Nacional de Timanfaya —creado en 1974— protege el corazón de este territorio, las bien llamadas Montañas del Fuego. Casi tres siglos después, el volcán sigue tibio bajo los pies. A pocos metros de profundidad, las temperaturas son tan altas que el personal del parque vierte agua en pozos para provocar géiseres instantáneos de vapor, y un restaurante diseñado por César Manrique asa la comida con el calor natural de la propia tierra.
La Ruta de los Volcanes del parque serpentea por un mundo que parece prestado de otro planeta: mares de lava petrificada, cráteres de óxido y cobre, cañones de ceniza donde el único movimiento es el viento. El paisaje es tan intacto y tan extraterrestre que los científicos han utilizado el terreno volcánico de Lanzarote para preparar misiones a la Luna y a Marte.
El fuego también modeló la costa. En Los Hervideros, las olas rompen contra cuevas de lava y bufaderos con un sonido de trueno lejano. En El Golfo, medio cono volcánico se abre al mar y cobija su famosa laguna verde. Y la historia no es cosa del pasado remoto: la última erupción de la isla, en Tao y Tinguatón, ocurrió en fecha tan reciente como 1824.
Lanzarote no esconde sus cicatrices: las convirtió en su identidad. Estar en medio de las Montañas del Fuego es sentir, de forma serena e inconfundible, que la Tierra está viva.
