Cuando el volcán de La Corona entró en erupción, hace unos 21.000 años, sus ríos de lava fabricaron sin querer una obra maestra: un túnel de casi ocho kilómetros que atraviesa el norte de la isla. El nivel del mar estaba entonces mucho más bajo; cuando los océanos subieron, el tramo final quedó inundado — y hoy es el Túnel de la Atlántida, el tubo de lava submarino más largo conocido del mundo: 1,6 kilómetros de galería bajo el Atlántico. La Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua son las puertas visitables de esta catedral subterránea. Pocos lugares del planeta permiten caminar por las venas de un volcán — este es uno.
Un tubo volcánico se fabrica solo. Durante una erupción, los ríos de lava que bajan por la ladera se enfrían primero por fuera: la superficie se endurece y forma un techo, mientras por dentro la lava sigue corriendo, caliente y protegida, como el agua por una tubería. Cuando la erupción termina, el río se vacía — y queda el molde: una galería cilíndrica, con paredes lisas retocadas por el calor, marcas del nivel de la "corriente" y goterones de lava congelados colgando del techo.
El volcán de La Corona, en el extremo norte de la isla, hizo esto a lo grande hace unos 21.000 años, según las dataciones más citadas. Su tubo principal recorre casi ocho kilómetros desde las faldas del cono hasta la costa de Órzola — una de las mayores galerías volcánicas del planeta. En varios puntos, el techo se derrumbó con los siglos, abriendo ventanas naturales que aquí llaman jameos. Esos derrumbes son hoy las puertas de entrada: la Cueva de los Verdes, acondicionada con una iluminación magistral, y los Jameos del Agua, que César Manrique transformó en el símbolo de la isla.
Pero el capítulo más asombroso está bajo el mar. Cuando La Corona hizo erupción, el planeta vivía una era glacial y el nivel del océano estaba decenas de metros por debajo del actual: la costa quedaba lejos, y la lava siguió corriendo más allá de la orilla de hoy. Al fundirse los hielos y subir los mares, ese último tramo quedó sumergido tal cual, sin colapsar. Es el Túnel de la Atlántida: 1.600 metros de galería bajo el Atlántico, el tubo de lava submarino más largo que se conoce en el mundo. Dentro, oscuridad total, agua salada inmóvil y una fauna de otro planeta que tiene su propio card. Solo espeleobuceadores científicos, con permisos y equipamiento extremo, han llegado a su final — donde el túnel, sencillamente, se hunde en la arena a más de sesenta metros de profundidad.
El conjunto es tan excepcional que forma la joya del Geoparque mundial de la UNESCO que reconoce a Lanzarote, y se ha propuesto incluso su candidatura a Patrimonio Mundial. Los astronautas europeos entrenan en sus galerías porque en la Luna y en Marte hay tubos idénticos, candidatos a ser las primeras bases humanas.
La próxima vez que estés en la Cueva de los Verdes, apaga un segundo la imaginación turística y enciende la geológica: estás dentro de la tubería de un volcán, construida por un río de fuego, conservada intacta desde antes de que existiera la agricultura. Y bajo tus pies, más allá de la orilla, la galería continúa en silencio hacia el fondo del mar.
