Durante trescientos años, ver velas en el horizonte era la peor noticia posible. Lanzarote — primera escala entre Europa, África y América — fue la isla canaria más castigada por piratas y corsarios: berberiscos de Argel, ingleses, franceses. En 1586 el corsario Morato Arráez saqueó Teguise con tal violencia que una calle se llama, desde entonces, Callejón de la Sangre. En 1618, una flota argelina desembarcó miles de hombres; la población se escondió en la Cueva de los Verdes, y cerca de mil isleños acabaron vendidos como esclavos en el norte de África. De aquel miedo quedan los castillos que hoy fotografías — y un museo de la piratería en lo alto de Teguise. Esta es la historia completa.
La geografía que hoy es la suerte de Lanzarote fue durante siglos su desgracia. La isla era la primera tierra canaria en la ruta desde Europa y el Mediterráneo, la más cercana a la costa berberisca, y la peor defendida: sin montañas donde esconderse, con pozos y salinas visibles desde el mar, y con algo que en los mercados de esclavos del norte de África se pagaba caro — gente. Entre los siglos XVI y XVIII, cada generación de lanzaroteños vivió al menos un gran ataque. Las crónicas registran decenas.
Dos fechas duelen más que las demás. La primera, 1586: el corsario berberisco Morato Arráez desembarcó con cientos de hombres, tomó la capital — Teguise — y la sometió a un saqueo brutal. La tradición sitúa en una callejuela junto a la iglesia la matanza de los vecinos que no lograron huir: desde entonces se llama Callejón de la Sangre, y el nombre sigue en la placa, para que no se olvide. La segunda, mayo de 1618: la mayor invasión pirata de la historia de Canarias. Una flota argelina de decenas de naves y miles de hombres desembarcó en la isla con tiempo y método. La población corrió a su refugio secreto de siempre: la Cueva de los Verdes, el túnel volcánico cuyas galerías podían esconder a cientos de personas con sus animales. Esta vez no bastó. Los atacantes bloquearon las entradas y, tras días de asedio, alrededor de un millar de isleños — en una isla que apenas tendría unos pocos miles de habitantes — fueron embarcados y vendidos en los mercados de esclavos de Argel. Durante años, las familias y las órdenes religiosas pagaron rescates para traer a los cautivos de vuelta, uno a uno.
La isla respondió como pudo: en piedra. Sobre el volcán de Guanapay, vigilando todos los caminos de Teguise, se reforzó el castillo de Santa Bárbara; en el puerto de Arrecife, el castillo de San Gabriel protegió el fondeadero, y más tarde San José completó la defensa. Las torres hacían señales de humo en cuanto asomaban velas sospechosas, y los vecinos ensayaban la huida como quien ensaya hoy un simulacro de incendio. Hasta el urbanismo obedeció al miedo: la capital estaba tierra adentro precisamente para ganar horas de aviso, y muchas casas escondían la riqueza tras fachadas austeras.
Hoy aquella pesadilla es patrimonio. El castillo de Santa Bárbara alberga — con toda la lógica del mundo — el Museo de la Piratería; San Gabriel vigila ahora a los paseantes del puente de las Bolas; y la Cueva de los Verdes cuenta a sus visitantes que, antes de atracción geológica, fue el escondite que salvó miles de vidas. Cuando camines por Teguise un domingo de mercadillo, entra en el Callejón de la Sangre y quédate diez segundos en silencio. Esta isla amable pagó cara, durante siglos, la belleza de estar en mitad de todas las rutas.
