Si en tu hotel desayuna un grupo de ciclistas con piernas de mármol, no te extrañes: llevas décadas compartiendo isla con el pelotón profesional. Cuando el invierno congela Europa, equipos y campeones bajan a Lanzarote a hacer kilómetros: aquí se rueda en enero con manga corta, por carreteras de asfalto impecable, poco tráfico y paisajes que quitan (más) el aliento. El viento, que aquí nunca falta, es el fichaje estrella: los entrenadores lo llaman "la montaña invisible". Con subidas cortas pero traicioneras — Femés, Haría, Tabayesco — y la vuelta a la isla como ruta reina, Lanzarote es uno de los destinos ciclistas mejor guardados del Atlántico. Alquilar una buena bici cuesta menos que un capricho — y la carretera hace el resto.
Hay un secreto a voces en el ciclismo europeo: cuando noviembre apaga la luz y las carreteras del continente se llenan de hielo, una parte del pelotón profesional hace la maleta hacia Canarias. Lanzarote lleva desde los años ochenta en ese circuito invernal — Club La Santa fue pionero en recibir deportistas de élite —, y basta pasar una semana de enero aquí para entender el porqué: veinte grados, sol garantizado, y una red de carreteras secundarias con buen firme donde los coches ceden paso y los paisajes hacen el resto.
La orografía es un contrato curioso. Aquí no hay puertos alpinos — la isla es baja —, pero nadie termina una ruta diciendo que fue llana. Las subidas son cortas e intensas: la carretera de Femés y su balcón sobre Playa Blanca; el muro de Haría con sus curvas de herradura entre palmeras; Tabayesco, la ascensión más querida de la isla, un valle que sube suave y venenoso hasta el Mirador de los Valles; las rampas de Soo o del Golfo. Y entre subida y subida, el verdadero juez: el alisio. El viento de Lanzarote convierte un llano en puerto y una vuelta tranquila en sesión de fuerza — los entrenadores lo llaman la montaña invisible, y es la razón por la que tantos profesionales vienen a "esconder" trabajo duro aquí. La ruta reina es la vuelta completa a la isla: en torno a 170-200 kilómetros según variante, con Timanfaya, El Golfo y el norte en el mismo día — el recorrido, no por casualidad, del Ironman.
Para el visitante normal — el que no cobra por pedalear —, la isla es igual de generosa. Media docena de empresas alquilan bicicletas de carretera, gravel, montaña y eléctricas de gama alta; hay rutas señalizadas para todos los niveles, y el gravel vive un boom aprovechando las pistas de tierra entre volcanes y viñedos. Los menos competitivos tienen su premio: una e-bike convierte La Geria en el mejor paseo enológico del mundo, con bodegas estratégicamente colocadas para repostar.
Tres consejos de la casa. Uno: madruga — el viento suele despertarse a media mañana, y el amanecer sobre las lavas es un regalo extra. Dos: planifica el viento a favor para la vuelta; los locales diseñan las rutas "contra el alisio a la ida, empujados a la vuelta". Tres: respeto mutuo — la isla mima a sus ciclistas (los conductores están acostumbrados y dejan el metro y medio), devuélvelo rodando en fila cuando toca.
¿Quién sabe? Quizá el grupo al que sigues rueda no sea de aficionados. Aquí, el que te adelanta en Tabayesco puede estar preparando el Tour.
