Lanzarote colecciona visitantes de leyenda — y dos historias que parecen guion de cine. La primera: en Costa Teguise existe un palacio de vacaciones, La Mareta, que el rey Hussein de Jordania mandó construir y regaló al rey Juan Carlos I; hoy pertenece a Patrimonio Nacional y en él veranean presidentes del Gobierno. La segunda es aún mejor: en 1973, la estrella de Hollywood Omar Sharif — Doctor Zhivago, Lawrence de Arabia — se enamoró de una casa imposible construida dentro de una cantera volcánica en Nazaret… y, cuenta la leyenda, la perdió a las cartas jugando al bridge, su gran vicio confeso. La casa, LagOmar, se visita hoy — y la historia se cuenta sola. Reyes, estrellas, astronautas y premios Nobel: la lista de ilustres de esta isla no cabe en un card.
Toda isla con encanto acumula visitantes famosos; Lanzarote, además, acumula historias que parecen inventadas — y no lo son (del todo).
La primera es un secreto a voces con vistas al mar. A finales de los años ochenta, el rey Hussein de Jordania — habitual de Canarias — quiso una residencia de vacaciones en la isla y encargó el proyecto al arquitecto Fernando Higueras con la mirada de César Manrique presente en el espíritu del lugar: volúmenes blancos fundidos con la lava, jardines, piscinas y un pequeño puerto, todo mirando al Atlántico desde Costa Teguise. La jugada final fue digna de la diplomacia clásica: Hussein regaló el conjunto a su amigo el rey Juan Carlos I. Hoy La Mareta pertenece a Patrimonio Nacional, funciona como residencia oficial de descanso y por sus salones han pasado desde la Familia Real a los presidentes del Gobierno — varios veranos de la política española se han decidido, o al menos descansado, frente a este trozo de costa lanzaroteña. No se visita, pero saber que está ahí añade un punto de novela a cualquier paseo por la zona.
La segunda historia tiene banda sonora de casino. En 1973, Omar Sharif — el actor egipcio que fue Doctor Zhivago y compartió desierto con Lawrence de Arabia — llegó a Lanzarote para rodar una película. Buscando localizaciones, descubrió una casa única en el mundo: una vivienda-escultura excavada en una antigua cantera de rofe en Nazaret, obra en la órbita creativa de Manrique y su colaborador Jesús Soto, con salones dentro de burbujas de roca, jardines colgantes y una piscina como un oasis de película. Sharif la compró en el acto. Y aquí entra la leyenda que la propia casa cultiva con gusto: Sharif era un jugador de bridge de nivel mundial — escribía columnas sobre el juego, competía internacionalmente — y, según se cuenta, poco después de comprarla perdió la casa en una partida de cartas. ¿Ocurrió exactamente así? Los historiadores levantan la ceja; la casa, hoy convertida en el museo LagOmar — visitable, con bar dentro de la roca incluido —, sonríe y deja el misterio en el aire. Es, en cualquier caso, una de las visitas más singulares de la isla: arquitectura imposible con chisme de Hollywood de guarnición.
La lista de ilustres sigue y no acaba: Raquel Welch corriendo entre volcanes en 1966 (card 22), Pedro Almodóvar rodando en El Golfo, José Saramago quedándose a vivir (card 51), los astronautas de la ESA entrenando para Marte (card 21), reyes, primeros ministros y estrellas del pop en escapada discreta — la isla presume de ser buena guardando secretos de famosos: aquí nadie persigue a nadie.
Moraleja local: Lanzarote nunca necesitó alfombra roja. Le bastó con ser exactamente como es — el resto del mundo, corona incluida, vino solo.
