Siéntate, que esto se cuenta mejor despacio. Cuando la tierra se abrió en 1730, los isleños vieron en las llamas lo que su tiempo les permitía ver: al mismísimo diablo bailando entre los volcanes. De aquel miedo nacieron cuentos que aún se susurran: figuras danzando en el resplandor, pactos, gritos bajo la tierra. Y uno más tierno: el del viejo Hilario, el ermitaño que tras las erupciones se instaló en pleno corazón del fuego con su camello, plantó una higuera sobre el calor del volcán — y la higuera, dicen, daba flores pero jamás fruto: no quería alimentar al diablo. El islote donde vivió lleva su nombre, y encima está hoy el restaurante que asa pollos con calor de volcán. Los cuentos, aquí, terminan en la mesa.
Todo paisaje extremo fabrica sus propios cuentos, y pocos paisajes del mundo son tan buenos fabricantes como Timanfaya. Este card es para leerse despacio — o mejor, para contarse en voz alta mirando las Montañas del Fuego.
El ciclo empieza, como todo aquí, en 1730. Para los campesinos del siglo XVIII, sin vulcanología ni periódicos, aquellas columnas de fuego solo podían tener un autor con cuernos. Los cuentos corrieron de velorio en velorio: que en el resplandor rojo de las noches se veían siluetas bailando; que de las grietas salían voces; que el humo dibujaba rostros. El miedo bautizó el territorio — las Montañas del Fuego fueron durante generaciones un lugar del que apartar la vista — y dejó huella hasta en el lenguaje: a los fenómenos del volcán se les hablaba con respeto, como se habla de alguien que puede oírte. Dos siglos después, César Manrique haría el truco de magia cultural definitivo (card 27): dibujar a aquel diablo con simpatía y convertirlo en el anfitrión de la isla. El miedo, domesticado, se volvió marca.
Pero el cuento más querido del ciclo es el de un hombre manso. Cuenta la tradición que, apagados los volcanes, un viejo solitario llamado Hilario se instaló justo donde nadie quería vivir: en un islote de tierra rodeado de lava, en el corazón todavía tibio del territorio quemado. Vivía con su camello — según versiones, un burro; los cuentos isleños nunca firman actas — y con una paciencia de santo laico. Y plantó una higuera. El árbol, alimentado por una tierra que aún guardaba el calor del infierno, crecía y florecía… pero jamás dio un higo. Los viejos lo explicaban con una sentencia perfecta: la higuera no quería dar fruto al diablo. Otras versiones hacen a Hilario ermitaño penitente, o superviviente de las erupciones vuelto a su tierra; todas coinciden en el final: aquel altozano se llama desde entonces Islote de Hilario. Y la historia tiene una posdata deliciosa — hoy, exactamente ahí, el restaurante El Diablo asa la comida sobre el calor real del volcán (card 18). Donde la higuera de Hilario se negaba a dar fruto, la isla acabó poniendo mesa y mantel. Pocos lugares del mundo rematan así de bien sus propias leyendas.
El repertorio popular guarda más piezas: pastores que oían campanas bajo el malpaís, luces que cruzaban las lavas de noche — hoy sabemos de gases, refracciones y fumarolas; entonces se sabía de aparecidos —, y la certeza campesina de que el volcán "estaba dormido, no muerto", que la ciencia moderna, con sus sensores, curiosamente suscribe (card 18).
Estos cuentos son patrimonio tan real como las rocas: la manera en que una comunidad digirió, con imaginación y humor, el episodio más aterrador de su historia. Cuando pases junto al diablillo de Manrique a la entrada del parque, salúdalo con conocimiento de causa: es el miedo de 1730, jubilado y sonriente, cobrando ahora en fotos.
