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Un océano de aventuras

Lanzarote · 2 min de lectura

Un océano de aventuras
Foto: LastMinuteAdventure

Lanzarote es una isla pequeña con un mar enorme. Más de doscientos kilómetros de costa la rodean, y ningún punto de la isla queda lejos del sonido del Atlántico. Pero lo que hace especial a este litoral es su variedad: en un solo día se puede pasar de la calma turquesa al drama del océano abierto.

Al sur, escondidas al final de una pista de tierra que atraviesa un parque natural protegido, las calas de Papagayo son la postal que todo el mundo recuerda: medias lunas de arena dorada abrazadas por promontorios volcánicos, con aguas claras, tranquilas y poco profundas en todos los tonos de azul. Es la cara amable del Atlántico, perfecta para nadar, hacer snorkel y dejarse llevar en largas tardes perezosas.

La costa norte cuenta otra historia. En Famara, una playa inmensa se extiende durante kilómetros bajo una muralla de acantilados de seiscientos metros, y los mismos alisios y marejadas que un día aislaron Lanzarote atraen hoy a surfistas de todo el mundo. Las olas constantes de Famara han dado a la zona fama de ser una de las grandes escuelas de surf de Europa: los principiantes cogen su primera ola en la espuma mientras, en los arrecifes cercanos, los más expertos persiguen algunas de las olas más potentes del Atlántico. Los windsurfistas y kitesurfistas tienen sus propios templos en la costa este, donde soplan vientos constantes casi todo el año.

Mar adentro, la aventura continúa. Frente a Órzola se encuentra La Graciosa —desde 2018, oficialmente la octava isla canaria—, un lugar de calles de arena, sin asfalto, con playas que parecen el fin del mundo. El canal entre las dos islas, El Río, está protegido por los acantilados y salpicado de barcos; ferris y catamaranes lo cruzan a diario.

Y el agua misma es una invitación: templada todo el año, más fresca y vivificante en primavera, más cálida a comienzos del otoño. Los kayaks recorren el litoral, los veleros se inclinan con los alisios, las tablas de paddle surf se deslizan sobre arrecifes volcánicos. En una isla nacida del fuego, es el océano quien marca el ritmo de cada día.

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