Lanzarote es pequeña, pero su censo es un mapamundi. Aquí viven algo más de 163.000 personas — y una de cada cuatro tiene pasaporte extranjero: la mayor proporción de Canarias. Conviven el canario de séptima generación con apellido normando, la familia peninsular llegada con el boom turístico, una comunidad italiana sorprendentemente grande, británicos e irlandeses enamorados del clima, y vecinos de Colombia, Marruecos, China y medio mundo más. A ellos se suman unos tres millones de visitantes al año — británicos casi la mitad, seguidos de alemanes, irlandeses, franceses y peninsulares. Resultado: por cada residente pasan al año unos 18 turistas. Y sin embargo, la isla sigue sonando a isla: ese equilibrio es su verdadero milagro.
Empecemos por los números, que cuentan una historia en sí mismos. Lanzarote cerró 2024 con unos 163.000 habitantes — y sumando unos cinco mil al año, uno de los crecimientos más rápidos de España. Hace medio siglo no llegaba a 50.000: la isla ha triplicado su población en dos generaciones, un cambio social de una intensidad que pocas comunidades europeas han vivido. El motor es conocido — el turismo y todo lo que arrastra —, pero el resultado es más interesante que la causa: uno de los censos más internacionales del país, con alrededor de una cuarta parte de residentes de nacionalidad extranjera, el porcentaje más alto del archipiélago.
¿Quiénes son los lanzaroteños de hoy? Primero, los de siempre: las familias canarias cuyos apellidos cuentan la historia insular — Betancort y Perdomo de raíz normanda y portuguesa, Cabrera, Curbelo, de León — herederos de majos, conquistadores, colonos y de aquellos emigrantes que fueron a Cuba, Venezuela o Uruguay y volvieron (o no: media isla tiene primos en América — la emigración por hambre y sed es parte central de la memoria local). Segundo, los peninsulares llegados desde los años setenta con el desarrollo turístico. Y tercero, el mosaico internacional: la comunidad italiana — una de las más numerosas, con presencia notable en la hostelería —, británicos e irlandeses residentes, alemanes, y comunidades crecientes de Colombia, Marruecos, China, India y África Occidental. En las aulas de la isla se cuentan decenas de nacionalidades; en los mercados, los acentos hacen turnos.
Luego está la segunda población: la flotante. Unos tres millones de turistas visitan Lanzarote cada año — unas dieciocho veces su población residente. El retrato robot del visitante: británico (en torno a la mitad del total, la relación de amor contada en el card 48), alemán, irlandés — Irlanda tiene con esta isla un idilio particular —, francés, holandés, nórdico y, cada vez más, peninsular y canario de otras islas. La estancia media ronda la semana, muchos repiten año tras año — hay familias británicas por la tercera generación de vacaciones aquí — y una parte da el paso final: se queda. El fenómeno más reciente lo protagonizan los nómadas digitales, que han descubierto que "oficina con vista a volcán" no es una metáfora.
La pregunta incómoda — ¿cabe tanta gente en 845 kilómetros cuadrados? — la isla se la hizo antes que nadie: fue pionera mundial en debatir los límites de su propio crecimiento, de la mano del legado de Manrique y de su condición de Reserva de la Biosfera. Ese debate sigue vivo y es sano que así sea.
Para el visitante, la lección es sencilla y bonita: la persona que te sirve el café puede ser nieta de salineros, hija de Nápoles o recién llegada de Bogotá — y las tres son, ya, parte de la isla. Aquí "local" nunca fue una raza: siempre fue una manera de querer a esta tierra.
